Tremvlvs

El el fin del mundo como lo conocemos...
... y me siento bien

El Dr. Jameson, con gran pericia, desconecta a Jacob Marsh de la máquina. Sin embargo, una vez lo hace comienza a sonar una alarma. Los personajes se preparan para salir corriendo. Stan Roberts abre la puerta donde han venido y comprueba, por el método de caerse, que el tunel sobrenatural ya no existe. Cae como un saco de patatas varios metros, rompiéndose algunos huesos poco útiles.

Richard Lacy abre la puerta y logra ver un reflejo de un par de personas que suben rápidamente: el Dr. Glest y Grupius, que se acercan con intenciones aviesas. Richard Lacy dispara al Dr. Glest en cuando asoma la cabeza, que cae rodando por las escaleras mientras Grupius se ríe con estupidez.

El Dr. Jameson empapa con el resto de la gasolina que todavía porta la máquina y le prende fuego.

Grupius se acerca lo suficiente como para que Richard Lacy le dispare con la escopeta: el disparo le da de lleno, pero la carne del villano revienta como una pompa de jabón asquerosa, y de su interior aparece una masa negruzca con dientes de color orín, que se derrama protoplasmáticamente sobre el suelo formando pseudópodos. A los intrépidos protagonistas se les va un poco la cabeza -sobre todo a Richard Lacy. La doctora Cassandra Nabokob se tira por la ventana, dejándose arriba su maletín.

El siguiente que trata de saltar por la ventana es Richard Lacy, tras intentar mantener la puerta cerrada, pero lo que hay detrás la revienta en astillas, con lo que el detective ve mucho mejor lanzarse al vacío. Pero, en última instancia, viendo que el doctor está preparandose para lanzar al niño, decide quedarse y luchar. Un tentáculo con dientes le arrastra hacia la puerta, mordiéndole. Los dos monstruos luchan en un combate desigual, y, finalmente, Richard Lacy empuja a la masa en la que se ha convertido Grupius, y los dos caen rodando por las escaleras. El detective hacia una muerte cierta.

El Dr. Jameson tira la munición al fuego y se prepara para lanzar al niño. Abajo están preparando su llegada con un abrigo. Jacob Marsh cae sobre la doctora, que queda bastante chafada. El siguiente en saltar es el doctor, dejándose su maletín arriba.

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Después del paraiso
La entrada al Lazy Susan

El mundo se está volviendo raro.

El cielo cae sobre Ebon Eaves, retorciéndolo en espirales.

Para todos está claro que el foco de todo es el Lazy Susan, y que no hay más tiempo, por lo que todos van a buscar sus instrumentos para entrar en el Lazy Susan. Luego, el grupo salvaje se dirige hacia el burdel. El Dr. Jameson consigue abrir la cerradura forzándola, y los dementes protagonistas entran en el club, y rocían varias localizaciones con gasolina.

Suben al primer piso. Encuentran una pequeña habitación donde el personal del burdel se relaja. Al lado, otra puerta cerrada. El Dr. Jameson vuelve a forzar la puerta, con tan mala suerte que, aún consiguiéndolo, estropea su ganzúa. Dentro está el despacho donde en su momento estaban los tres tipos chungos. A la doctoca Cassandra Nabokob se le caen unos libros haciendo mucho ruido, mientras Richard Lacy encuentra un pequeño panel secreto, detrás del cual hay un espacio que parece va a dar al estanque donde vive Susan, la caimana. Se riega todo abundantemente de gasolina. Volvemos a bajar, regándolo todo con gasolina.

Van hacia el fumadero de opio. Encuentran habitaciones donde hay gente durmiendo, Siguen hacia el fumadedo de opio. Lo encuentran, entre cortinas, cabinas para fumar opio y demás. Mientras tanto, quedándose atrás, el Hermano Michaels trata de bloquear las puertas donde hay gente durmiendo, para que nadie pueda escapar en caso de que esto arda.

El grupo encuentra el lugar donde se hacen las luchas. Es un ring cubierto de serrín para tapar la sangre de antiguos combates. En las paredes, posters de luchadores. En el centro del ring hay una trampilla, que da a una pasarela de madera sobre lo que parece el estanque del Susan. La Nabokob y Richard Lacy recorren la pasarela, comprobando que las habitaciones están colocadas como módulos, de una forma muy extraña. Continúan, y encuentran un lugar donde hay unas inscripciones extrañas en un obelisco, y una argolla con una cuerda, y una especie de charco de mierda. La doctora toca las inscripciones, y tiene la desagradable sensación de que algo viscoso le roza el cerebro. Llaman al grupo. Todo el mundo ve el lugar. El Hermano Michaels decide que es el corazón del mal, y se queda a exorcizarlo.

El resto del grupo continúa. Encuentran una escalera, que desciende todavía más allá de donde se encuentra Susan. La pasarela se hunde bajo tierra. Tras darle a una palanca, el nivel del agua baja y descubre una pasarela de metal, que, tras avanzar un tiempo, vuelve a subir. El grupo comienza a ascender por un lugar en la que las paredes parecen tener un dibujo como el patrón en la piel de una serpiente. Hay un desgarrón sobre la pared, por el que mira Richard Lacy, y comprueba que se encuentra en una especie de tunel invisble a unos diez metros de altura, que va desde el Lazy Susan hacia la fábrica de hielo. Al detective se le va un poco la cabeza, y se dedica a meter el dedo rompiendo el agujerito un poco más. Tras un breve tratamiento de la doctora Nabokob, el grupo puede continuar. El pasadizo termina en una puerta, que, una vez abierta, muestra ser la fábrica de hielo. En ella hay una máquina de lo más particular, como una especie de pulmones artificales gigantes, y en medio de toda ella, en una especie de cuba y lleno de cables y tubos, se encuentra Jacob

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Recogiendo los pedazos

Todo el mundo se va a dormir.

Y, al día siguiente, el Dr. Jameson se despierta, poniendo el brazo sobre su esposa. Sus hijos corren por el pasillo. Pone el café a hacerse. Alguien llama a la puerta: uno de sus pacientes le trae dos conejos.

Y, al día siguiente, el …. madre de dios. Madre de Dios.

Madre

de

Dios.

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Las plagas en acción, o el plan alternativo
Ranas y fuego

Miércoles, cinco de la tarde.

El hermano Michaels va a informar a Judith, la mujer de Ezequiel, lo que ha ocurrido por su marido. Lo hace fatal, y la deja quizá más preocupada que si le hubiera dicho que se lo había comido un caimán. Le promete que mañana irán a buscarlo a la ciudad celestial.

El resto prepara las barcas para ir a buscar a la familia Marsh. Llegan hasta allí sin mucho problema, y oyen un escándalo dentro de la casa: gritos, objetos lanzados, etc… La voz de un hombre: “La culpa es tuya, por haber parido a ese monstruo deforme”. Mosh le está pegando a su mujer. Entre los gritos de Cassandra y el disparo de Stan se detiene, pero intenta echarlos de su propiedad. Stan le dice que le cree en lo que dijo de que había relación entre su hijo Jacob y Regal Dearth. Los dos forcejean mientras Cassandra prepara sedantes. El doctor le pega un cabezazo, y luego otro que funciona por fin, y termina en el suelo. Luego la doctora Cassandra lo seda, y el hombre se queda llorando.

Lavinia Marsh dice que su marido se puso nervioso, pero que no es malo, que es el alcohol. El hermano Michaels sube a tranquilizar a los niños. La doctora habla con Mosh, que suelta la bomba: en realidad, Jacob no murió en el pantano, sino que el mismo Mosh se lo vendió a Regal Dearth, que le ofreció dinero por él. Lavinia lo oye, se vuelve loca y trata de quitarle los ojos a su marido, lo que hace que termine en la calle expulsada por el grupo. Parece que Mosh trató de volver a comprar a su hijo, pero Regal le dio una paliza. Se lo vendió en el Lazy Susan, y estaba acompañado de los dos tipos siniestros.

Cassandra seda también al franciscano, un poco demasiado, de forma que estará durante las siguientes veinticuatro horas durmiéndose y despertándose. El grupo se lleva a Mosh a casa del doctor.

Se planean varias formas de hacer arder el Lazy Susan.

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La torre de la fábrica de hielo
Frozen

El hermano Michaels propone ir cuanto antes a la fábrica de hielo, por si el fenómeno es efímero.

El pueblo está totalmente cubierto por una capa amarillenta de nubes, parecidas a las que vimos en el pantano, y que le da un color enfermizo. Lavinia Marsh informa a Stan Roberts que esas nubes no son exactamente normales en el pueblo. El grupo se mete en el bosque, en el camino que termina en la fábrica de hielo. El edificio los recibe con las puertas abiertas como una gran boca, con un resplandor rojizo al fondo. Al acercarse se oyen compresores rítmicos, escapes de vapor, y huele a amoniaco y a grasa. Son las cuatro de la tarde.

La doctora Nabokob aplaude, y llama la atención de un operario sin camisa, vestido con un pantalón vaquero. Stan le muestra la autorización y entonces el operario acepta enseñar a los investigadores la fábrica. Como sólo pedimos ver la torre, el operario indica por dónde subir, dice que no toquemos nada y se vuelve a su tarea.

El grupo comienza a subir por las ruidosas escaleras metálicas, iluminadas por bombillas de treinta watios que dejan bastante en la oscuridad. Después de subir como unos cinco pisos, se llega hasta una escalera que termina en una plataforma abierta sobre el techo. Ezequiel lanza una exclamación ahogada. Todo el mundo sube, y contempla la ciudad celeste.

Está a la distancia a la que se encuentran los árboles alrededor de la fábrica de hielo. Hay góndolas moviéndose. Una góndola con un gondolero lleva un niño. El Dr. Jameson usa sus prismáticos para mirar al niño: le falta media cara. Le pasa los primáticos al hermano Michaels, que se queda impresionadísmio y muy afectado.

Una góndola se acerca hacia el grupo. En ella van dos seres extraños, con algún adorno en la cabeza que parece algo puntiagudo. Cuando se acercan, lo que llevan es una especie de máscara (esperamos) que parece la cabeza de un ciervo volante. Un vez al lado, Stan Roberts les ofrece el medallón, que ellos recogen, y les invitan a subir a la góndola. Todos lo hacen, salvo el Hermano Michaels, que huye aterrorizado al interior de la fábrica.

La góndola llega a un edificio muy grande. Todo el mundo con el que se cruzan llevan máscaras que simulan cabezas de escarabajos. Las dos figuras bajan de la góndola detrás de los investigadores, y se encuentran como en un lugar con tres plataformas, sobre las cuales hay ventanas esmeriladas. Los dos cicerones dejan la ropa que les cubre, que se queda rígida sobre el suelo, y muestran que son dos humanos, hombre y mujer.

En la primera plataforma hay una maqueta del pueblo moderno, con una manzana encima. La manzana cae y aplasta el pueblo. La segunda plataforma comienza con la misma escena de la maqueta y la manzana, pero esta vez es el pueblo el que se pliega y rodea la manzana. En la tercera plataforma hay una pareja follando, emitiendo un graznido, pero que miran al grupo como si les intentasen transmitir un mensaje. Terminan fundiéndose, convirtiéndose en luz y desapareciendo por la ventana.

Tras intentos fallidos por parte de Cassandra Nabokob y del Dr. Jameson de comunicarse con la pareja, los guías les hacen una señal para que vuelvan a la góndola. Todo el mundo sube, y la góndola se dirige hacia la torre.

De camino se vuelven a cruzar, a lo lejos, con la góndola que lleva al niño: es Jacob Marsh. La doctora se vuelve medio loca. Grita para que se acerque. Sus embarcaciones se cruzan, y Jacob parece musitar algo: “Hablad con mi padre”, o algo así. La doctora Cassandra trata de saltar sobre las nubes para nadar sobre ellas y alcanzar a Jacob, pero, con gran tino, Stan Roberts la agarra antes de que salte. La góndola se aleja. El Dr. Jameson deja caer varias monedas envueltas en papeles.

Llegan hasta la plataforma. El nivel al que se mueven las góndolas es más bajo: la ciudad parece estar bajando. Los dos guías se alejan en la barca cuando el grupo se da cuenta de que falta Ezequiel. El hermano Michaels grita que lo devuelvan, pero ninguno se vuelve.

El Dr. Jameson explica su teoría de que la manzana es esta especie de falsa Venecia. Que las tres plataformas son tres posibilidades: que una ciudad destruya a otra, que una absorba a la otra o que las dos se fundan y, de alguna manera, trasciendan. Además, sus habitantes parecen estar pidiendo ayuda, y que hay un agente, alguien, que está ocasionando todo esto. Son las cinco y pico. El sol está empezando a retirarse, y la ciudad desaparece. Al ritmo al que baja, tardará unos días en estar sobre Ebon Eaves.

El grupo baja de la torre.

(Planes para el próximo día: hablar con el padre de Jacob Marsh. Fingir que se desatan las plagas de Egipto sobre el Lazy Susan, todos subidos en una góndola lanzando ranas )

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La ciudad en las nubes
Venecia Celeste

Richard cuenta lo que ha visto. El hermano Michaels explica que cree que esa ciudad tiene existencia real, y que es posible que pueda verse, con menos peligro, desde lo alto de la torre de la fábrica de hielo. Volvemos a los botes, que parecen atraer a los caimanes. Richard caza una garza para distraerlos, con tan mala suerte que hace caer su sombrero molón, lo pisa y lo llena de barro.

Llegamos a Ebon Eaves. Richard se va con el doctor para que le quite las posibles sanguijuelas que pueda tener, pero en la consulta esperan al doctor dos mujeres para ser atendidas. Una de ellas es la señora Bourdeaux, que dice tener una jaqueca muy seria (“no tenía una desde la víspera del último huracán”). A la otra paciente, la dueña del hotel calcinado, le pasa exactamente lo mismo. Ambas se van con los consejos y las medicinas del doctor. Lavinia Marsh le dice al doctor que el último huracán fue hace cosa de siete años.

El doctor y Richard se dirigen al colmado de los Stan. Allí compran unos prismáticos. Luego, Richard y Stan Roberts van al Lazy Susan para hablar con Regal Dearth para pedirle permiso para entrar en la fábrica de hielo. Tras hablar con Bob, y después de oir un gong, les permiten entrar a hablar con él. En la habitación a la que llegan hay tres personas: un tipo muy pálido, vestido de blanco y con un pañuelo multicolor saliendo de su bolsillo cuyo patrón parece cargar, un tipo inmenso y un poco amorfo, que produce un profundo desagrado, que da la impresión de tener las proporciones de un bebé inmenso, y Regal Dearth.

Regal Dearth presenta a los otro dos: el doctor Glest (el pálido) y el señor Grupius (el bebé gigante). El Dr. Glest se lia un cigarro. Richard tiene la sensación de que, en lugar de tabaco, está liando patas de insectos.

La extraña entrevista comienza. Stan trata de convencerle de que le permita visitar la fábrica de hielo. Regal le da permiso para visitar la fábrica a cambio de que le consiga “un objeto”, que le dirá el jueves, cuando vuelva antes de que abran. Richard le pide algo del tabaco que está fumando, pero, tras una tensa negociación, se lo niega.

Bob les acompaña a la salida. Parece ser que tampoco le gustan las compañías que está recibiendo últimamente.

Mientras tanto, la doctora Nabokob va a hablar con Rosalind. La maestra aprovecha para sacarle información sobre Richard. Por fin consigue llevar la conversación hacia Jacob Marsh. Le dice que era un niño muy especial. Vamos, que tenía un retraso severo, algo de lo que no podía hacerse cargo sin una educación especial. Pero era muy cariñoso. Sólo se había enfadado una vez que un niño había pisado un insecto que él estaba mirando. La doctora le pide algún dibujo de Jacob, y la maestra lo busca y se lo entrega: es una especie de familia, pero sus miembros tienen más brazos de lo normal.

Vuelven con la autorización para subir a la torre. Stan bebe más para prepararse para la subida.

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Nuevas investigaciones en la oscuridad
Siguiendo hilos sueltos

Martes.

Richard baja, antes de desayunar, a comprarse una camisa y una escopeta al almacén de los Bourdeaux. Al final se compra un poco de ropa porque no tiene dinero suficiente para la escopeta, pero Stan se la reserva unos días.

Desayuno en la casa del buen doctor. El grupo planea sus movimientos: ir al lugar donde se encontraban las extrañas figuras de anoche, ir a la reserva…

Richard se acerca antes al colegio. Le entrega unas flores a la profesora para ganársela (se la gana) y recibe el permiso para interrogar a los niños. Sólo un niño, Matthew, escuchó la música ayer por la noche, pero no sintió deseos de acercarse al pantano.

Contactamos con Ezequiel para que nos acompañe al pantano, con su barca y con una de las de Stan Bourdeaux. Un rato más tarde, en el pantano, el grupo sufre un ataque: un caimán muy grande sale de debajo del segundo bote y hace que Richard y Stan caen al agua. El doctor Jameson dispara contra el caimán y lo hace huir, pero en un coletazo final lanza a Ezequiel al agua. El mismo doctor le cose la ceja que el caimán le ha roto.

El grupo llega por fin hasta el lugar donde ayer vio a los “peregrinos”. Las huellas siguen allí, pero ningún dato más. Ezequiel tampoco sabe nada: nos sugiere que pueden haber sido contrabandistas de licores. Richard corta el árbol: está podrido, pero nada más.

Se ha levantado la niebla, pero sobre el grupo. Las copas de los árboles se pierden en las alturas, pero a la altura del suelo se ve todo perfectamente. El grupo recorre la isla, pero no encuentra nada extraño. La doctora Nabokob examina el árbol, pero no encuentra nada. Trata de subir al árbol, pero con tan mala suerte que se cae. El siguiente en intentarlo es Richard. Lo hace muy bien, y poco a poco se introduce en la niebla. Cada vez más… Llega un momento en que ya no se oye nada. Pasan minutos y minutos, y no se habla nada. Por fin, cuando todo el mundo está muy nervioso, Richard vuelve a bajar. Parece un poco transido.

Richard cuenta su experiencia: al principio era un árbol normal, atraviesa la niebla. Pero cuando cuando las nubes dejan de tapar el sol, Richard tiene “una alucinación” y tiene una visión de dos lugares superpuestos. Aparte del mundo normal, otro mundo con góndolas donde gente se mueve sobre las nubes. Una ciudad renacentista.

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La música de la locura

Lunes noche. Volvemos por los pantanos. Una vez en Ebon Eaves, vamos a ver qué tal se encuentra Richard Lacy, que ha estado charlando con Bob, y ha vuelto a casa de Stan, que es el que le va a alojar después del incendio del Hotel Magnolia, donde el grupo lo encuentra. Todo el mundo se va a dormir, aunque a la hora de salir de casa de Stan, a todo el mundo le parece oir una musiquilla de flauta que sale de algún lugar indefinido del pantano. Como un tema del Renacimiento, una música inquietante. Rhonda Langford quiere acercarse a oir, así que el resto, por su seguridad, la sigue. Llegan hasta el límite de la luz de Eabon Eaves, pero oyen quizá la flauta incluso menos.

Cassandra Nabokob expresa su hipótesis de que el flautista es el espíritu, y que es una trampa. Dr. Jameson apoya a esa idea, apostillando que será una trampa para niños. Eso nos deja en la obligación moral de acercarnos, incluso aunque sea para falsar nuestras hipótesis. El grupo vuelve a buscar a Stan y Richard. Stan Roberts, al salir con una pistola en una mano y un libro escrito en un idioma incomprensible, tiene la sensación de que la música y el libro están relacionados. Tiene una especie de símbolo en la portada que recuerda a un sextante o algún tipo de armatoste. El grupo se prepara para ir a la trampa.

De camino al embarcadero se cruzan con Stan Bourdeaux, que también oye la música pero, sensatamente, se va a su casa a dormir. Le alquilamos unas barcas por dos dólares que paga Cassandra Nabokob.

Las barcas comienzan a moverse por el pantano, hacia la oscuridad. Ebon Eaves queda atrás, sumergido en las sombras. Muy poco después, el grupo tiene una experiencia extraña: como a unos quince metros, un par de figuras muy altas vestidas de negro (menos con un peto blanco), una máscara con un gran pico de pájaro, y una especie de tricornio, conversan. Al cabo de un momento, uno hace una señal con el brazo y los dos se internan entre el follaje y, justo cuando desaparecen, de ese mismo lugar sale volando un flamenco.

Richard les grita, pero ellos nos se dan la vuelta. El grupo acerca las barcas hasta donde se encontraban, y encuentran unas huellas cuadradas, como de un calzado de moda hace muchísimo tiempo. Las huellas llevan hasta un árbol caído, donde desaparecen. El doctor busca por la zona, y encuentra un medallón de plata que recuerda al motivo en la portada del libro extraño que tiene Stan. Richard golpea el árbol hasta dejarle una marca reconocible. Cuando volvemos a pensar en la música, ya no se oye nada. El grupo se vuelve a sus casas, confusos.

Cassandra pide a Stan que le deje dormir en su casa, que no se siente segura en la suya. Aprovecha así para examinar el medallón y el libro. Tiene la impresión de que tienen el mismo origen. Cassandra hace recitar el libro a Stan mientras lo emborracha, por el bien de La Ciencia. Es un lenguaje desconocido.

El resto se va a su casa, a descansar lo que pueda.

Richard Lacy planea hacer dos cosas: ir al cole a preguntarle a la profesora si los niños escuchaban la música bizarra, y dos, volver al claro donde estaban los peregrinos extraños a ver lo que ve, sobre todo el lugar al que señalaba uno de los peregrinos.

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El fuego purificador
El fuego bueno y el fuego malo

Cassandra coloca algunas piezas juntas en su cabeza. Parece que todo lo que estamos viendo está relacionado con el antiguo Ebon Eaves y las luces. Pero lo que está pasando en el pueblo ahora no está relacionado, lo que quizá signifique que haya dos causas de los sucesos. Además, parece que no tenemos datos suficientes como para saber qué es lo que hay en el pueblo antiguo, sería mejor contar con la versión de los indios. No sabemos si ponerle dinamita sería bueno o contraproducente, porque quizá podría liberarse.

El hermano Michaels cuenta sus intenciones de prepararse para ir a hacer un exorcismo a la iglesia del antiguo Ebon Eaves.

El grupo se va a casa del doctor con el fin de reconstituirse. Tras barajar diversas posibilidades del poco futuro que tiene Andrea, llega el niño que Cassandra pagó para encontrar al indio que vive en el pantano. Por unas monedas (bueno, por 1 de Wealth), el niño se ofrece a llevar al grupo a donde vive, porque el hombre no quiere entrar en el pueblo. Cassandra compra algunas baratijas para ganarse la amistad del indio, si conseguimos bajarlo de los árboles y darle un idioma.

El grupo coge dos lanchas y el niño guía. Se llama Bill. Lleva un capote para la lluvia y un farol. El sitio no es lejano, pero sí recóndito. La cabaña es una construcción desvencijada y claramente artesanal. Sentado en el porche un hombre fuma. Va vestido con ropa desparejada y vieja, pero intenta ir arreglado. Bill dice que se llama Sach.

El indio saluda con corrección y educadamente. Cassandra le explica con habilidad, aunque con cierta censura del hermano Michaels, que vienen a escuchar, que creemos que lo que está ocurriendo tiene que ver con una antigua injusticia. Sach hace pasar a los investigadores a su casa, un lugar humilde.

El sitio es un lugar especial, dice. Se llamaba “los cuatro vientos” porque era donde se encontraban los espíritus de los cuatro puntos cardinales. Una leyenda de su gente dice que uno de los hombres-medicina consiguió atar a un espíritu muy poderoso para que no pudiera salir de ahí, porque atormentaba a las tribus de la zona. Ese espíritu era tan poderoso que no consiguió acabar con él, sino sólo atarlo. Desde entonces, se llevaba a los locos ahí, porque algunos volvían iluminados.

Ese espíritu de destrucción, “La sombra que aulla”, quitaba algo a las personas y lo sustituía por algo suyo, algo asesino. Los niños mataban a sus padres, etc… A los locos se los llevaba porque, siendo tan poderoso el otro espíritu, a veces ahuyentaba a los que poseían a los locos.

Sach cuenta que antes era criado del antiguo sheriff, que terminó asesinado hace quince años por personas o cosas desconocidas. Alguien intentó echarle la culpa al mismo Sach.

Quizá en la reserva cercana, “Big Cipress”, quede algún hombre medicina todavía, aunque Sach cree que si el gran chamán no logró acabar con él, uno de los actuales tampoco podría. Quizá atarlo a un totem poderoso…

El indio les ofrece café. Hay una charla variada: Sach conoció a Simon Blackford. Antes de que el grupo se vaya, Sach hace una advertencia: “Tengan cuidado en el nuevo Ebon Eaves. Seguro que pasan más cosas”.

Termina. Los investigadores salen.

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El incendio del Hotel Magnolia
El gran momento de Andrea

Cassandra Nabokob ha leído parte del diario. En él encuentra el dato de que después de los incidentes que acabaron con los ajusticiamiento de los Blackford, parte de la familia decide cambiarse el apellido a Bradford.

Richard Lacy se despierta esa noche. Huele a madera quemada. Se despeja en la palangana y abre la puerta: el hotel está en llamas. Como un héroe, sube hacia la planta superior, donde se encuentran Andrea Ballard y Rhonda Langford, mientras grita “¡Fuego!”. En la habitación de las chicas no hay nadie. El detective se queda estupefacto. Comienza a bajar, pero la planta baja está en llamas. Se ayuda de unas sábanas para descolgarse por la ventana. Sin embargo, la sábana se rompe y Richard Lacy cae al suelo, quemado y magullado.

El incendio se hace mayor. La gente del pueblo comienza a acercarse a intentar sofocarlo. Se hace sonar la campana de la iglesia, y llaman al doctor. Por la mañana hay cuatro bultos debajos de sábanas blancas, y el incendio parece remitir ligeramente. Han muerto la cocinera del hotel, y tres extranjeros.

El Dr. Jameson, tras atender a los heridos, habla con el Hermano Michaels para que busque a las mujeres del grupo. Rhonda Langford estaba en casa de sus amigos, pero de Andrea Ballard no se sabe nada.

En la clínica del Dr. Jameson atiende a Richard Lacy con la ayuda de Stan Roberts.

El hermano Michaels busca a Andrea. Oye el rumor de que ha sido Andrea ha sido la que ha prendido fuego al hotel, aunque no sabe si ha sido él el que ha generado ese rumor. Poco rato después llega un rumor: la han encontrado, se encuentra en la fábrica de hielo. La turba va hacia allá, con el Hermano Michaels tratando de tranquilizarlos. Cuando llegan a la fábrica de hielo, la tienen rodeada.

— Algo lapasáu, la chiscau fuego al hotel, sus lo dije, hay que matalla. ¡Una soga! ¡Una soga!

El franciscano trata de detener el linchamiento sin mucho éxito, pero es el sheriff, con ayuda de un par de tiros al aire, la que detiene a la gente.

— Quietos, mastuerzos. No vamos a salir en los papeles ni por esto ni por ná. Nus la llevamos al juez del destrito, que él decida

Grita que no el pueblo no volverá a salir en los periódicos por el linchamiento de alguien. El sheriff ordena a sus cuatro ayudantes que se lleven a Andrea Ballard al calabozo. Uno de estos ayudantes se lleva también una lata de lo que parece ser combustible con un trapo.

El hermano Michaels investiga un poco de dónde ha salido el rumor. Según parece, la cocinera, antes de morir, dijo que había visto a Andrea Ballard en la cocina, fuera de sí, en lo que parecía un intento de iniciar un incendio. El franciscano conoce a ese hombre, que asiste a sus reuniones, y no consigue dudar de su palabra, lo que lo deja atribulado.

El Dr. Jameson hace la autopsia de los cadáveres. Dos de los cadáveres murieron asfixiados y dos quemados. La cocinera ftiene un golpe en el parietal, que debió dejarla inconsciente, lo que debió hacer que se asfixiara y se quemara. El doctor entrega sus conclusiones al sheriff.

El Hermano Michaels habla con Abraham Dearth para que le permita entrevistarse con Andrea. Obtiene el permiso, pero la mujer no parece ni escuchar ni hablar. Tras un largo rato, el franciscano no puede hacer más que dejarle un rosario y abandonar la celda, tras felicitar al sheriff por su forma de controlar el tumulto.

En la puerta de los calabozos se vuelve a reunir todo el grupo. Cassandra Nabokob y el Dr. Jameson entran en la celda donde se encuentra Andrea Ballard. El pelo de ella le huele a humo. Ha tirado el rosario contra la pared.

Los investigandores, segun una teoría de Cassandra, buscan descubrir si hay un indio que viva en el pantano, que hable la lengua antigua. La hipótesis es que algo antiguo la haya poseído, y entienda la lengua antigua.

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