Tremvlvs

El sórdido incidente de la puerta derribada
La búsqueda de información

Richard Lacy se ha quedado investigando en el Lazy Susan qué ocurrió con Mosh. Bob se deja invitar por él, y le cuenta que a Mosh Marsh se le ha ido la cabeza, que creía que su hijo estaba dentro del Lazy Susan. Por eso le pegaron, pero en realidad le da un poco de pena.

Esa noche, Richard Lacy oye gritos desgarradores de una mujer. Se viste rapidamente, llega hasta delante de una puerta en el hotel y, sin pensarlo, derriba la puerta y encuentra detrás a Andrea Ballard, que está asustada de la violencia con la que el detective privado ha entrado en su habitación. Una mujer la tranquiliza, y les cuenta que estaba teniendo una pesadilla horrible de la que no puede acordarse cuando la puerta fue derribada y entró en la habitación una especie de gorila demente, y que entonces se intentó tirar por la ventana.

La dueña del hotel le pide a Richard Lacy que se vaya a buscar a Rhonda, que es lo que puede tranquilizar a Andrea. Richard despierta a la escritora y le cuenta la escena que ha tenido lugar. Los dos se dirigen a través de la noche hacia el Hotel Magnolia.

Andrea está más tranquila, y le da las gracias a Richard. Rhonda se queda con ella en la habitación. Allí pasa lo noche sin más sobresaltos.

Parte del grupo se reune en la casa del doctor: Stan Roberts, Richard Lacy y luego el hermano Michaels. Luego van a buscar a las chicas al hotel. Andrea y Rhonda Langford han salido al almacen. Mientras van hacia donde se encuentran, le cuentan al detective el día de ayer en el antiguo Ebon Eaves.

Andrea Ballard y Rhonda Langford hablan con Ada Bourdeaux, la dueña del almacen, y allí Rhonda intenta encontrar algún documento escrito en relación con la historia del pueblo. Ada Bourdeaux llama a su marido Stan Bordeaux, que parece que es un apasionado de la historia de Ebon Eaves. En una buhardilla atestada y mohosa guarda su colección, entre arañas venenosas. Todo está desordenado salvo los catálogos de bañadores.

Después de algún tiempo, Rhonda encuentra un artículo de un periódico sobre el lugar fundacional del antiguo Ebon Eaves, en donde los indios llamaban “Cuatro Vientos” y que era donde llevaban a sus dementes. Cuando se trató de construir la primera iglesia católica los indios avisaron que no era buena idea. Al final de la tarde encuentran otra pista: trata sobre la construcción de un cadalso para el ajusticiamiento de tres villanos. Eran un padre, Zachary Blackford y dos hijos, Melchiades y Frank, una familia ejemplar en su momento, que trataron de quemar la iglesia. Para ello se enfrentaron a algunos pueblerinos, que resultaron muertos, degollados y cosidos a puñaladas. El pueblo quiso darles un castigo ejemplar. Los mantuvieron en la cárcel mientras se construía el cadalso. Una última notica en otro periódico: “Debido a los últimos incidentes se ha tomado la determinación de abandonar el pueblo y mudarse a una localización a unas ocho millas al sur”, eso unos treinta años después de la fundación del pueblo. Una charla con Stan Bourdeaux revela que piensa que el pueblo es un lugar horrible al que se retan a ir los niños y los jóvenes, pero que hay una sensación opresiva. Rhonda escamotea los dos artículos de los periódicos. Al despedirse de Stan Bourdeaux, Rhonda Langford recibe una invitación siniestra de venir a revisar la colección de datos del tendero.

El doctor y Stan Roberts visitan a Cassandra Nabokob, que tiene el tobillo como una pelota de tenis y la cabeza magullada, y luego se van a la consulta del doctor para hacerle un chequeo a Andrea. Luego piden a Andrea que revele las fotos que hizo en el antiguo Ebon Eaves.

El doctor, Stan Roberts y Richard Lacy se dirigen al final de la tardel al Lazy Susan. Llegan cuando le dan de comer a la caimana, que se revuelve en el barro devorando una pata de vaca, que le han lanzado por una trampilla después de hacer sonar una campana. El Lazy Susan está más tranquilo de lo habitual. Hay gente bebiendo. Los tres investigadores invitan a los bebedores a unas cervezas, a los cazadores de cocodrilos. Stan Roberts los interroga lo que se dejan. Parece que no hay muchos vagabundos por la zona. Además, dicen que las luces se suelen ver en el campanario, aunque ellos evitan el pueblo. Les hablan de Murphy, un pescador del pantano que, es además, fumador de opio. Richard Lacy avanza por habitaciones del Lazy Susan hasta que encuentra a un chino, que, después de que Richard le asegure que no va a crear ningún problema, acepta llevarle hasta Murphy. Murphy es un despojo humano drogado en una litera cochambrosa y que antes era ingeniero agrónomo. Le dice a Richard que es un sitio malo, que no debería ir nadie a ese sitio. Que los indios lo dijeron, y los blancos no hicieron caso. Murphy dice que las luces se metieron en su cabeza, y que por eso fuma. Hay voces en su cabeza que le dicen que haga cosas terribles (aunque posiblemente no tan terribles como las que le propone Richard Lacy). Antes de abandonar el Lazy Susan, les dicen que el próximo viernes hay combate de “boxeo del pantano”. Richard Lacy se quiere apuntar.

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Las luces que vuelven loco
Más aventuras en el pueblo maldito

Cassandra persigue a las damas que corren delante de Ezequiel, pero no consigue alcanzarlas. Parece más lógico buscar otra manera, así que se le ocurre subir al campanario para gritar desde allí. La subida no dura mucho, porque Cassandra comprueba que, al otro lado de la trampilla, unos colores iridiscentes esperan. Llama al resto, y Stan sube con ella. Los dos abren la trampilla: la campana está rodeada de un festival de colores mutantes. Stan acerca un pañuelo para tocarlos, y estos rodean al pañuelo. Cuando lo retira, forman una especie de rostro de mujer.

Cassandra, sobreponiéndose a la sorpresa, trata de comunicarse con ese rostro. En ese momento, los colores cambian de forma y el rostro es el de la doctora. Después de esto, el rostro salta hacia ella. Casssandra se cae rodando por las escaleras, lo que hace que se tuerza el otro tobillo. Mientras, arriba, los colores comienzan a adoptar la forma de la cara de Stan. El vendedor se asusta y comienza a bajar. Detrás de él se oye una risita. Stan se gira y dispara, pero sólo se oye el sonido metálico de la campana.

Los cuatro abandonan el pueblo, asustados, arrastrando a Cassandra. Una vez alejados del pueblo, el doctor trata su tobillo, mientras el franciscano trata de reunir al resto del grupo sin éxito.

Tras poner en común algunas teorías, el grupo decide ir hacia las barcazas. Encuentra por el camino la cámara de Andrea, reventada, que recogen. Por fin llegan hasta la zona donde dejaron las barcas. Allí espera Ezequiel, que recibe al grupo, Rhonda, que tiene una especie de chal por encima y Andrea, que se encuentra desmayada sobre el suelo de una de las embarcaciones.

Rhonda cuenta que corrieron hasta que la alcanzó, que la intentó tranquilizar pero, en un momento dado, mientras la zarandeaba, puso los ojos en blanco y se desmayó. Luego Ezequiel la puso en la barca para que no se enfriase.

El doctor atiende a Andrea. Luego, cogen las barcas y vuelven hacia Ebon Eaves mientras el cielo se encapota y comienzan a caer las primeras gotas.

El grupo acuerda reunirse en el salón parroquial en un rato. El doctor atiende a Andrea en su consulta. Ella despierta por fin. No recuerda nada más que la subida al campanario. Termina yendose a su hotel.

El grupo se reune en el salón parroquial. Tras tensas discusiones y distintas teorías, parece claro que es importante enterarse de qué hace ese cadalso allí. El grupo se disuelve, con unas buen montón de preguntas sin responder:

  • ¿Qué hacía un “mendigo” viviendo en la sacristía?
  • ¿Qué razón había para la construcción de ese cadalso, y por qué estaba en tan buen estado?
  • ¿Qué eran esas luces?
  • ¿Por qué se abandonó ese pueblo, y por qué ardió, y en qué orden?
  • ¿Pudo ver algo Andrea algo antes de desmayarse?

El próximo movimiento será el de Rhonda, que va a tratar de encontrar un almanaque para desvelar algo de la historia del antiguo pueblo…

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La visita al antiguo Ebon Eaves
El pueblo maldito

Se prepara la expedición al antiguo Ebon Eaves. El hermano Michaels habla con Ezequiel, el zapatero, que, a pesar de su reticencia inicial, acepta conducir al grupo hasta el pueblo abandonado.

El doctor y el vendedor por catálogo se van al colmado a comprar cosas varias. Allí el doctor se hace con una buena escopeta. Stan se compromete a llevar las vituallas para todos. Rhonda Langford hablar con Andrea para intentar conseguir una cámara. Andrea la tiene, pero es un poco difícil de usar, y pide permiso para acompañar al grupo. Sus tetas gordas le consiguen un ticket en esta excursión de horror.

A la mañana siguiente, el grupo se reune en el embarcadero. Todos menos Richard Lacy, que tiene algo que hacer. El grupo de adentra en el pantano en dos barcazas. Ruidos extraños, animales raros, borboteos, caimanes… Hasta que, en determinado momento, los expedicionarios se dan cuenta de que hace un rato no se oye más sonido que el chapotear de los remos en el agua.

Unas cuantas horas más tarde, Ezequiel encalla la barca en la tierra. Hay que dejar las embarcaciones en tierra. El grupo comienza a andar en el silencio. Tiempo más tarde, en la lejanía se ve una estructura ennegrecida. Llegamos al Ebon Eaves original. Las casas están ennegrecidas por la podredumbre e invadidas por la vegetación. Más allá, los restos de las casas están consumidos por un fuego antiguo. La iglesia ardió también, pero el campanario sigue en pie. Un poco más allá, en la misma plaza del pueblo que comparte con la iglesia, hay una estructura que les llama la atención. Lo que parecía algún tipo de teatrillo resulta ser un cadalso, cuya madera está en perfecto estado. Hay nombres tallados en el cadalso. Examinando esos nombres, la doctora Nabokob pisa la trampilla y se tuerce un tobillo. Es curada por el doctor.

Tras la iglesia hay un cementerio. El sauce que lo preside está podrido. De repente, un gruñido. Podría ser un perro, dice Ezequiel. El gruñido crece, con lo que algunos (Cassandra Nabokob, Ezequiel y el hermano Michaels) se van hacia el campanario, para buscar algún lugar protegido. El resto sigue en el cementerio, mientras Andrea intenta tomar alguna foto más.

El campanario está, sorprendentemente, bien conservado. De hecho, debería haber ardido, pero no lo ha hecho. La iglesia ha ardido, menos la parte donde se encuentra el sagrario. En el interior sigue el cáliz. El franciscano lo recupera con piedad, y lo envuelve para llevarlo de vuelta a su hogar. Una puerta interior llega al campanario. Rhonda quiere subir, y la acompaña el doctor. Unos escalones metálicos y oxidados suben hacia una luz lejana. Suben los dos, mientras el resto se queda abajo.

Cassandra Nabokob se dirige al cadalso para comprobar los nombres. Sin embargo, la mala suerte la persigue cuando se acerca a ese lugar: cuando comprueba los nombres en los pies de la construcción, una de las trampillas se abre y la golpea, hiriéndola, y vuelve hacia la iglesia doliéndose.

Stan entra en la sacristía, y encuentra un saco de dormir. Llama al franciscano. El saco es verde, tipo militar, y parece haber sido usado hace poco, aunque está mugriento. Hay una lata llena de colillas, también, aunque no se ve a nadie.

Rhonda y el doctor Jameson ascienden con cuidado al campanario. De repente, unos murciélagos locales asustan a la escritora, que deja caer el farol que esquiva por los pelos el doctor. El farol pierde la mitad de su carga. Tras recuperarlo Stan, siguen su ascensión. Al fin llegan arriba. De la campana cuelga un badajo con los restos de la cuerda podrida. La campana tiene fecha de fabricación de un año antes de la fundación del pueblo, hace unos ochenta años. La escritora toca el badajo: está caliente. Desde esa altura se puede ver hasta cierta distancia en el pantano, aunque no Ebon Eaves. Andrea sube también para ver el espectáculo. Vuelven a bajar. Sin embargo, justo cuando están a la mitad, la campana, sobre ellos, comienza a sonar furiosamente. El hecho asusta a los tres investigadores, que tropiezan y caen por las escaleras. Las dos mujeres sufren un ataque de histeria. Andrea sale corriendo de la iglesia acompañada de Rhonda Langford, y tras ellas Ezequiel. El hermano Michaels sale fuera para comprobar quién hace sonar la campana, y la ve movida furiosamente sin nadie a la vista que justifique dicho movimiento.

Es momento de pensar y de comer algo. Mientras se intenta reunir al grupo, Stan tiende el mantel y prepara los sandwiches y el alcohol.

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La segunda jornada
Un desayuno en el Lazy Dr. Jameson

A las ocho de la mañana, Mosh despierta al doctor tirando todos los cacharros que se le han puesto para que no escapase en silencio. El doctor le explica la situación y le recomienda reposo, a lo que él acepta. A las ocho y media llega Lavinia, que limpia la consulta del doctor, y es informada de la condición de su marido. Los Marsh tienen una pelea conyugal que acaba con la mitad del mobiliario del doctor, hasta que Mosh logra escaparse a la calle, mientras Lavinia llora. Tras un reconstituyente, Lavinia deja de llorar un poco. Al parecer, desde la muerte de Jacob Marsh, la vida de esa familia ha ido de mal en peor.

El Dr. Jameson pasa por el almacén, donde habla con Stan Bordeaux, que le cuenta que se han visto luces esta noche, y que alguien vio a Jacob Marsh con la cara medio devorada. Por fin, el Dr. Jameson llega a casa del Hermano Michaels y le pide que vaya a atender a Lavinia, a lo que el franciscano acepta.

Rhonda Langford se ha pasado la noche escribiendo, y ahora dormita. Cassandra Nabokob, a su vez, ha estado leyendo el libro, que menciona las luces del pantano. Richard Lacy va a buscar a Stan Roberts para preguntarle sobre los padres de Samuel Blackford. Luego, los dos se dirigen a la consulta del Dr. Jameson. Allí todos desayunan mientra el Hermano Michaels consuela a Lavinia.

El Hermano Michaels cuenta que la familia Marsh ha perdido a Jacob, el benjamín de sus hijos, en una salida de pesca con su padre. Hace un mes. Desde entonces, todo ha ido a peor.

El grupo habla de la vida de Regal, de las luces del pantano (las luces que vuelven loco, que están en lo que queda del viejo pueblo, que es un sitio que está maldito). También se llamaba Ebon Eaves, tres o cuatro millas hacia el norte. Hay que ir en bote. Antiguamente había una carretera, pero el pantano se la tragó. Está abandonado desde antes de 1890, nacimiento de Lavinia

El grupo se dirige al embarcadero. Sin embargo, allí está el bote de Lavinia y también el de Mosh: esto significa que Mosh sigue en el pueblo. Por supuesto, Mosh está golpeando la puerta del Lazy Susan para que lo dejen entrar. La doctora lo tranquiliza. Hay en él miedo y culpa. Por fin, Mosh se va hacia el embarcadero y, tras gritar a su mujer, se va en su compañía a su casa.

Richard Lacy va al colegio. Tras asustar a algunos niños, habla con la profesora, tratando que le deje extorsionar a los niños o, en su defecto, sobornarlos. La profesora no sabe mucho más de la muerte de Samuel Blackford. Hablan también de Jacob Marsh, que era un niño muy especial. La profesora queda en hacer llegar a Richard cualquier rumor que pueda oir.

El grupo se dirige a los archivo municipales. Rhonda Langford, curtida en batallas en estos lugares, encuentra rápidamente una pista: el antiguo Ebon Eaves se fundó hace unos ochenta años en un lugar de los indios seminolas. Era un lugar sagrado donde llevaban a los indios locos a curar. Los indios se opusieron a que fueran allí los blancos. Los blancos arrasaron a los indios y construyeron el pueblo. El Dr. Jameson busca en la genealogía del pueblo: los actuales habitantes de Ebon Eaves son descendientes de los antiguos habitantes del pueblo abandonado.

El grupo se interesa, y prepara una expedición al día siguiente…

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La paliza a Mosh
Una reunión parroquial loca loca

Un domingo en el salón parroquial, intentando evitar el Lazy Susan, un triste grupo de residentes matan el tiempo hablando de banalidades en el sofocante tarde, y bailando con desgana las canciones que deja escapar un cascado gramófono.

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(Cuadro que adorna el salón parroquial)

De repente, un estrépito: un niño harapiento entra en el salón buscando al doctor Jameson:

—¡Venga, dotor! ¡Lan pegao en todos los morros! ¡Está sangrando como un cerdo! ¡A Mosh Marsh! ¡Afuera del Lazy Susan!

El grupo en su práctica totalidad se dirige hacia el lugar, por no tener otra cosa más interesante que hacer.

El doctor Jameson le atiende: Mosh tiene la mandíbula rota. Hay que llevarlo hasta el despacho del doctor. Richard Lacy lo alza en vilo y lo transporta hasta la consulta, en casa del doctor. Las mujeres se vuelven al salón parroquial.

Mientras lo atiende, Mosh se despierta y se revuelve, pero Richard le convence de que es mejor que se deje curar, y él entra en razón.

El resto del grupo se separa: Richard y Stan se dirigen al Lazy Susan para recabar información, el sacerdote va a intentar adentrarse en el pantano para informar a Lavinia, la mujer del herido, de la situación en la que está su marido y el doctor se queda con el enfermo.

La pareja que se acerca al Lazy Susan se encuentra con Bob, uno de los gorilas de la entrada, que les cuenta que han sido ellos los que le han dado una paliza a Mosh por importunar al patrón, aunque no sabe decir qué es lo que le ha molestado exactamente.

El interior del Lazy Susan es pintoresco: un espectáculo de variedades (tres), un pianista negro con un mono metiendo los cojones en su jarra de cerveza… La investigación lleva a los dos buscadores a la conclusión de que es necesario que interroguen, por separado, a Susú Pétalos, en una habitación reservada. El problema parece estar en que Susú está en las rodillas de un hombre. Para intentar atraerla, Richard se saca la chorra y la intenta meter en su copa, para tentarla. Eso hace que no consiga la confianza de una mujer que posiblemente haya yacido con caimanes.

En el salón parroquial, la doctora charla con alguna de las mujeres sobre Simon Blackford. Bueno, o trata de hacerlo. Al parecer jugaba de niño con Regal, aunque tuvo algún tipo de problema de nervios y terminó en una institución mental, en el cambio de siglo, y se lo llevaron quizá a Jacksonville. Tenía unos veinte años, y parecía interesado en las luces del pantano. Solía estar con Regal y con John el Tuerto. John el Tuerto, a los catorce años y con un historial de piromanía detrás, prendió fuego al establo del viejo Jeremías, con los animales dentro. Jeremías le pegó un tiro, y fue a la horca por eso. La madre de Simon todavía parece estar viva, aunque se fue a Jacksonville después de vender su negocio a Regal.

El franciscano, acompañado de Ezequiel, en una lancha, trata de encontrar la cabaña de Mosh para informar a Lavinia, pero el mal tiempo consigue perderlos y vuelven al embarcadero, horas más tarde, sin haber conseguido su propósito. Allí informan a Rhonda Langford de sus pesquisas, y se despiden de ella hasta el día siguiente.

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