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La paliza a Mosh
Una reunión parroquial loca loca

Un domingo en el salón parroquial, intentando evitar el Lazy Susan, un triste grupo de residentes matan el tiempo hablando de banalidades en el sofocante tarde, y bailando con desgana las canciones que deja escapar un cascado gramófono.

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(Cuadro que adorna el salón parroquial)

De repente, un estrépito: un niño harapiento entra en el salón buscando al doctor Jameson:

—¡Venga, dotor! ¡Lan pegao en todos los morros! ¡Está sangrando como un cerdo! ¡A Mosh Marsh! ¡Afuera del Lazy Susan!

El grupo en su práctica totalidad se dirige hacia el lugar, por no tener otra cosa más interesante que hacer.

El doctor Jameson le atiende: Mosh tiene la mandíbula rota. Hay que llevarlo hasta el despacho del doctor. Richard Lacy lo alza en vilo y lo transporta hasta la consulta, en casa del doctor. Las mujeres se vuelven al salón parroquial.

Mientras lo atiende, Mosh se despierta y se revuelve, pero Richard le convence de que es mejor que se deje curar, y él entra en razón.

El resto del grupo se separa: Richard y Stan se dirigen al Lazy Susan para recabar información, el sacerdote va a intentar adentrarse en el pantano para informar a Lavinia, la mujer del herido, de la situación en la que está su marido y el doctor se queda con el enfermo.

La pareja que se acerca al Lazy Susan se encuentra con Bob, uno de los gorilas de la entrada, que les cuenta que han sido ellos los que le han dado una paliza a Mosh por importunar al patrón, aunque no sabe decir qué es lo que le ha molestado exactamente.

El interior del Lazy Susan es pintoresco: un espectáculo de variedades (tres), un pianista negro con un mono metiendo los cojones en su jarra de cerveza… La investigación lleva a los dos buscadores a la conclusión de que es necesario que interroguen, por separado, a Susú Pétalos, en una habitación reservada. El problema parece estar en que Susú está en las rodillas de un hombre. Para intentar atraerla, Richard se saca la chorra y la intenta meter en su copa, para tentarla. Eso hace que no consiga la confianza de una mujer que posiblemente haya yacido con caimanes.

En el salón parroquial, la doctora charla con alguna de las mujeres sobre Simon Blackford. Bueno, o trata de hacerlo. Al parecer jugaba de niño con Regal, aunque tuvo algún tipo de problema de nervios y terminó en una institución mental, en el cambio de siglo, y se lo llevaron quizá a Jacksonville. Tenía unos veinte años, y parecía interesado en las luces del pantano. Solía estar con Regal y con John el Tuerto. John el Tuerto, a los catorce años y con un historial de piromanía detrás, prendió fuego al establo del viejo Jeremías, con los animales dentro. Jeremías le pegó un tiro, y fue a la horca por eso. La madre de Simon todavía parece estar viva, aunque se fue a Jacksonville después de vender su negocio a Regal.

El franciscano, acompañado de Ezequiel, en una lancha, trata de encontrar la cabaña de Mosh para informar a Lavinia, pero el mal tiempo consigue perderlos y vuelven al embarcadero, horas más tarde, sin haber conseguido su propósito. Allí informan a Rhonda Langford de sus pesquisas, y se despiden de ella hasta el día siguiente.

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La segunda jornada
Un desayuno en el Lazy Dr. Jameson

A las ocho de la mañana, Mosh despierta al doctor tirando todos los cacharros que se le han puesto para que no escapase en silencio. El doctor le explica la situación y le recomienda reposo, a lo que él acepta. A las ocho y media llega Lavinia, que limpia la consulta del doctor, y es informada de la condición de su marido. Los Marsh tienen una pelea conyugal que acaba con la mitad del mobiliario del doctor, hasta que Mosh logra escaparse a la calle, mientras Lavinia llora. Tras un reconstituyente, Lavinia deja de llorar un poco. Al parecer, desde la muerte de Jacob Marsh, la vida de esa familia ha ido de mal en peor.

El Dr. Jameson pasa por el almacén, donde habla con Stan Bordeaux, que le cuenta que se han visto luces esta noche, y que alguien vio a Jacob Marsh con la cara medio devorada. Por fin, el Dr. Jameson llega a casa del Hermano Michaels y le pide que vaya a atender a Lavinia, a lo que el franciscano acepta.

Rhonda Langford se ha pasado la noche escribiendo, y ahora dormita. Cassandra Nabokob, a su vez, ha estado leyendo el libro, que menciona las luces del pantano. Richard Lacy va a buscar a Stan Roberts para preguntarle sobre los padres de Samuel Blackford. Luego, los dos se dirigen a la consulta del Dr. Jameson. Allí todos desayunan mientra el Hermano Michaels consuela a Lavinia.

El Hermano Michaels cuenta que la familia Marsh ha perdido a Jacob, el benjamín de sus hijos, en una salida de pesca con su padre. Hace un mes. Desde entonces, todo ha ido a peor.

El grupo habla de la vida de Regal, de las luces del pantano (las luces que vuelven loco, que están en lo que queda del viejo pueblo, que es un sitio que está maldito). También se llamaba Ebon Eaves, tres o cuatro millas hacia el norte. Hay que ir en bote. Antiguamente había una carretera, pero el pantano se la tragó. Está abandonado desde antes de 1890, nacimiento de Lavinia

El grupo se dirige al embarcadero. Sin embargo, allí está el bote de Lavinia y también el de Mosh: esto significa que Mosh sigue en el pueblo. Por supuesto, Mosh está golpeando la puerta del Lazy Susan para que lo dejen entrar. La doctora lo tranquiliza. Hay en él miedo y culpa. Por fin, Mosh se va hacia el embarcadero y, tras gritar a su mujer, se va en su compañía a su casa.

Richard Lacy va al colegio. Tras asustar a algunos niños, habla con la profesora, tratando que le deje extorsionar a los niños o, en su defecto, sobornarlos. La profesora no sabe mucho más de la muerte de Samuel Blackford. Hablan también de Jacob Marsh, que era un niño muy especial. La profesora queda en hacer llegar a Richard cualquier rumor que pueda oir.

El grupo se dirige a los archivo municipales. Rhonda Langford, curtida en batallas en estos lugares, encuentra rápidamente una pista: el antiguo Ebon Eaves se fundó hace unos ochenta años en un lugar de los indios seminolas. Era un lugar sagrado donde llevaban a los indios locos a curar. Los indios se opusieron a que fueran allí los blancos. Los blancos arrasaron a los indios y construyeron el pueblo. El Dr. Jameson busca en la genealogía del pueblo: los actuales habitantes de Ebon Eaves son descendientes de los antiguos habitantes del pueblo abandonado.

El grupo se interesa, y prepara una expedición al día siguiente…

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La visita al antiguo Ebon Eaves
El pueblo maldito

Se prepara la expedición al antiguo Ebon Eaves. El hermano Michaels habla con Ezequiel, el zapatero, que, a pesar de su reticencia inicial, acepta conducir al grupo hasta el pueblo abandonado.

El doctor y el vendedor por catálogo se van al colmado a comprar cosas varias. Allí el doctor se hace con una buena escopeta. Stan se compromete a llevar las vituallas para todos. Rhonda Langford hablar con Andrea para intentar conseguir una cámara. Andrea la tiene, pero es un poco difícil de usar, y pide permiso para acompañar al grupo. Sus tetas gordas le consiguen un ticket en esta excursión de horror.

A la mañana siguiente, el grupo se reune en el embarcadero. Todos menos Richard Lacy, que tiene algo que hacer. El grupo de adentra en el pantano en dos barcazas. Ruidos extraños, animales raros, borboteos, caimanes… Hasta que, en determinado momento, los expedicionarios se dan cuenta de que hace un rato no se oye más sonido que el chapotear de los remos en el agua.

Unas cuantas horas más tarde, Ezequiel encalla la barca en la tierra. Hay que dejar las embarcaciones en tierra. El grupo comienza a andar en el silencio. Tiempo más tarde, en la lejanía se ve una estructura ennegrecida. Llegamos al Ebon Eaves original. Las casas están ennegrecidas por la podredumbre e invadidas por la vegetación. Más allá, los restos de las casas están consumidos por un fuego antiguo. La iglesia ardió también, pero el campanario sigue en pie. Un poco más allá, en la misma plaza del pueblo que comparte con la iglesia, hay una estructura que les llama la atención. Lo que parecía algún tipo de teatrillo resulta ser un cadalso, cuya madera está en perfecto estado. Hay nombres tallados en el cadalso. Examinando esos nombres, la doctora Nabokob pisa la trampilla y se tuerce un tobillo. Es curada por el doctor.

Tras la iglesia hay un cementerio. El sauce que lo preside está podrido. De repente, un gruñido. Podría ser un perro, dice Ezequiel. El gruñido crece, con lo que algunos (Cassandra Nabokob, Ezequiel y el hermano Michaels) se van hacia el campanario, para buscar algún lugar protegido. El resto sigue en el cementerio, mientras Andrea intenta tomar alguna foto más.

El campanario está, sorprendentemente, bien conservado. De hecho, debería haber ardido, pero no lo ha hecho. La iglesia ha ardido, menos la parte donde se encuentra el sagrario. En el interior sigue el cáliz. El franciscano lo recupera con piedad, y lo envuelve para llevarlo de vuelta a su hogar. Una puerta interior llega al campanario. Rhonda quiere subir, y la acompaña el doctor. Unos escalones metálicos y oxidados suben hacia una luz lejana. Suben los dos, mientras el resto se queda abajo.

Cassandra Nabokob se dirige al cadalso para comprobar los nombres. Sin embargo, la mala suerte la persigue cuando se acerca a ese lugar: cuando comprueba los nombres en los pies de la construcción, una de las trampillas se abre y la golpea, hiriéndola, y vuelve hacia la iglesia doliéndose.

Stan entra en la sacristía, y encuentra un saco de dormir. Llama al franciscano. El saco es verde, tipo militar, y parece haber sido usado hace poco, aunque está mugriento. Hay una lata llena de colillas, también, aunque no se ve a nadie.

Rhonda y el doctor Jameson ascienden con cuidado al campanario. De repente, unos murciélagos locales asustan a la escritora, que deja caer el farol que esquiva por los pelos el doctor. El farol pierde la mitad de su carga. Tras recuperarlo Stan, siguen su ascensión. Al fin llegan arriba. De la campana cuelga un badajo con los restos de la cuerda podrida. La campana tiene fecha de fabricación de un año antes de la fundación del pueblo, hace unos ochenta años. La escritora toca el badajo: está caliente. Desde esa altura se puede ver hasta cierta distancia en el pantano, aunque no Ebon Eaves. Andrea sube también para ver el espectáculo. Vuelven a bajar. Sin embargo, justo cuando están a la mitad, la campana, sobre ellos, comienza a sonar furiosamente. El hecho asusta a los tres investigadores, que tropiezan y caen por las escaleras. Las dos mujeres sufren un ataque de histeria. Andrea sale corriendo de la iglesia acompañada de Rhonda Langford, y tras ellas Ezequiel. El hermano Michaels sale fuera para comprobar quién hace sonar la campana, y la ve movida furiosamente sin nadie a la vista que justifique dicho movimiento.

Es momento de pensar y de comer algo. Mientras se intenta reunir al grupo, Stan tiende el mantel y prepara los sandwiches y el alcohol.

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Las luces que vuelven loco
Más aventuras en el pueblo maldito

Cassandra persigue a las damas que corren delante de Ezequiel, pero no consigue alcanzarlas. Parece más lógico buscar otra manera, así que se le ocurre subir al campanario para gritar desde allí. La subida no dura mucho, porque Cassandra comprueba que, al otro lado de la trampilla, unos colores iridiscentes esperan. Llama al resto, y Stan sube con ella. Los dos abren la trampilla: la campana está rodeada de un festival de colores mutantes. Stan acerca un pañuelo para tocarlos, y estos rodean al pañuelo. Cuando lo retira, forman una especie de rostro de mujer.

Cassandra, sobreponiéndose a la sorpresa, trata de comunicarse con ese rostro. En ese momento, los colores cambian de forma y el rostro es el de la doctora. Después de esto, el rostro salta hacia ella. Casssandra se cae rodando por las escaleras, lo que hace que se tuerza el otro tobillo. Mientras, arriba, los colores comienzan a adoptar la forma de la cara de Stan. El vendedor se asusta y comienza a bajar. Detrás de él se oye una risita. Stan se gira y dispara, pero sólo se oye el sonido metálico de la campana.

Los cuatro abandonan el pueblo, asustados, arrastrando a Cassandra. Una vez alejados del pueblo, el doctor trata su tobillo, mientras el franciscano trata de reunir al resto del grupo sin éxito.

Tras poner en común algunas teorías, el grupo decide ir hacia las barcazas. Encuentra por el camino la cámara de Andrea, reventada, que recogen. Por fin llegan hasta la zona donde dejaron las barcas. Allí espera Ezequiel, que recibe al grupo, Rhonda, que tiene una especie de chal por encima y Andrea, que se encuentra desmayada sobre el suelo de una de las embarcaciones.

Rhonda cuenta que corrieron hasta que la alcanzó, que la intentó tranquilizar pero, en un momento dado, mientras la zarandeaba, puso los ojos en blanco y se desmayó. Luego Ezequiel la puso en la barca para que no se enfriase.

El doctor atiende a Andrea. Luego, cogen las barcas y vuelven hacia Ebon Eaves mientras el cielo se encapota y comienzan a caer las primeras gotas.

El grupo acuerda reunirse en el salón parroquial en un rato. El doctor atiende a Andrea en su consulta. Ella despierta por fin. No recuerda nada más que la subida al campanario. Termina yendose a su hotel.

El grupo se reune en el salón parroquial. Tras tensas discusiones y distintas teorías, parece claro que es importante enterarse de qué hace ese cadalso allí. El grupo se disuelve, con unas buen montón de preguntas sin responder:

  • ¿Qué hacía un “mendigo” viviendo en la sacristía?
  • ¿Qué razón había para la construcción de ese cadalso, y por qué estaba en tan buen estado?
  • ¿Qué eran esas luces?
  • ¿Por qué se abandonó ese pueblo, y por qué ardió, y en qué orden?
  • ¿Pudo ver algo Andrea algo antes de desmayarse?

El próximo movimiento será el de Rhonda, que va a tratar de encontrar un almanaque para desvelar algo de la historia del antiguo pueblo…

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El sórdido incidente de la puerta derribada
La búsqueda de información

Richard Lacy se ha quedado investigando en el Lazy Susan qué ocurrió con Mosh. Bob se deja invitar por él, y le cuenta que a Mosh Marsh se le ha ido la cabeza, que creía que su hijo estaba dentro del Lazy Susan. Por eso le pegaron, pero en realidad le da un poco de pena.

Esa noche, Richard Lacy oye gritos desgarradores de una mujer. Se viste rapidamente, llega hasta delante de una puerta en el hotel y, sin pensarlo, derriba la puerta y encuentra detrás a Andrea Ballard, que está asustada de la violencia con la que el detective privado ha entrado en su habitación. Una mujer la tranquiliza, y les cuenta que estaba teniendo una pesadilla horrible de la que no puede acordarse cuando la puerta fue derribada y entró en la habitación una especie de gorila demente, y que entonces se intentó tirar por la ventana.

La dueña del hotel le pide a Richard Lacy que se vaya a buscar a Rhonda, que es lo que puede tranquilizar a Andrea. Richard despierta a la escritora y le cuenta la escena que ha tenido lugar. Los dos se dirigen a través de la noche hacia el Hotel Magnolia.

Andrea está más tranquila, y le da las gracias a Richard. Rhonda se queda con ella en la habitación. Allí pasa lo noche sin más sobresaltos.

Parte del grupo se reune en la casa del doctor: Stan Roberts, Richard Lacy y luego el hermano Michaels. Luego van a buscar a las chicas al hotel. Andrea y Rhonda Langford han salido al almacen. Mientras van hacia donde se encuentran, le cuentan al detective el día de ayer en el antiguo Ebon Eaves.

Andrea Ballard y Rhonda Langford hablan con Ada Bourdeaux, la dueña del almacen, y allí Rhonda intenta encontrar algún documento escrito en relación con la historia del pueblo. Ada Bourdeaux llama a su marido Stan Bordeaux, que parece que es un apasionado de la historia de Ebon Eaves. En una buhardilla atestada y mohosa guarda su colección, entre arañas venenosas. Todo está desordenado salvo los catálogos de bañadores.

Después de algún tiempo, Rhonda encuentra un artículo de un periódico sobre el lugar fundacional del antiguo Ebon Eaves, en donde los indios llamaban “Cuatro Vientos” y que era donde llevaban a sus dementes. Cuando se trató de construir la primera iglesia católica los indios avisaron que no era buena idea. Al final de la tarde encuentran otra pista: trata sobre la construcción de un cadalso para el ajusticiamiento de tres villanos. Eran un padre, Zachary Blackford y dos hijos, Melchiades y Frank, una familia ejemplar en su momento, que trataron de quemar la iglesia. Para ello se enfrentaron a algunos pueblerinos, que resultaron muertos, degollados y cosidos a puñaladas. El pueblo quiso darles un castigo ejemplar. Los mantuvieron en la cárcel mientras se construía el cadalso. Una última notica en otro periódico: “Debido a los últimos incidentes se ha tomado la determinación de abandonar el pueblo y mudarse a una localización a unas ocho millas al sur”, eso unos treinta años después de la fundación del pueblo. Una charla con Stan Bourdeaux revela que piensa que el pueblo es un lugar horrible al que se retan a ir los niños y los jóvenes, pero que hay una sensación opresiva. Rhonda escamotea los dos artículos de los periódicos. Al despedirse de Stan Bourdeaux, Rhonda Langford recibe una invitación siniestra de venir a revisar la colección de datos del tendero.

El doctor y Stan Roberts visitan a Cassandra Nabokob, que tiene el tobillo como una pelota de tenis y la cabeza magullada, y luego se van a la consulta del doctor para hacerle un chequeo a Andrea. Luego piden a Andrea que revele las fotos que hizo en el antiguo Ebon Eaves.

El doctor, Stan Roberts y Richard Lacy se dirigen al final de la tardel al Lazy Susan. Llegan cuando le dan de comer a la caimana, que se revuelve en el barro devorando una pata de vaca, que le han lanzado por una trampilla después de hacer sonar una campana. El Lazy Susan está más tranquilo de lo habitual. Hay gente bebiendo. Los tres investigadores invitan a los bebedores a unas cervezas, a los cazadores de cocodrilos. Stan Roberts los interroga lo que se dejan. Parece que no hay muchos vagabundos por la zona. Además, dicen que las luces se suelen ver en el campanario, aunque ellos evitan el pueblo. Les hablan de Murphy, un pescador del pantano que, es además, fumador de opio. Richard Lacy avanza por habitaciones del Lazy Susan hasta que encuentra a un chino, que, después de que Richard le asegure que no va a crear ningún problema, acepta llevarle hasta Murphy. Murphy es un despojo humano drogado en una litera cochambrosa y que antes era ingeniero agrónomo. Le dice a Richard que es un sitio malo, que no debería ir nadie a ese sitio. Que los indios lo dijeron, y los blancos no hicieron caso. Murphy dice que las luces se metieron en su cabeza, y que por eso fuma. Hay voces en su cabeza que le dicen que haga cosas terribles (aunque posiblemente no tan terribles como las que le propone Richard Lacy). Antes de abandonar el Lazy Susan, les dicen que el próximo viernes hay combate de “boxeo del pantano”. Richard Lacy se quiere apuntar.

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El incendio del Hotel Magnolia
El gran momento de Andrea

Cassandra Nabokob ha leído parte del diario. En él encuentra el dato de que después de los incidentes que acabaron con los ajusticiamiento de los Blackford, parte de la familia decide cambiarse el apellido a Bradford.

Richard Lacy se despierta esa noche. Huele a madera quemada. Se despeja en la palangana y abre la puerta: el hotel está en llamas. Como un héroe, sube hacia la planta superior, donde se encuentran Andrea Ballard y Rhonda Langford, mientras grita “¡Fuego!”. En la habitación de las chicas no hay nadie. El detective se queda estupefacto. Comienza a bajar, pero la planta baja está en llamas. Se ayuda de unas sábanas para descolgarse por la ventana. Sin embargo, la sábana se rompe y Richard Lacy cae al suelo, quemado y magullado.

El incendio se hace mayor. La gente del pueblo comienza a acercarse a intentar sofocarlo. Se hace sonar la campana de la iglesia, y llaman al doctor. Por la mañana hay cuatro bultos debajos de sábanas blancas, y el incendio parece remitir ligeramente. Han muerto la cocinera del hotel, y tres extranjeros.

El Dr. Jameson, tras atender a los heridos, habla con el Hermano Michaels para que busque a las mujeres del grupo. Rhonda Langford estaba en casa de sus amigos, pero de Andrea Ballard no se sabe nada.

En la clínica del Dr. Jameson atiende a Richard Lacy con la ayuda de Stan Roberts.

El hermano Michaels busca a Andrea. Oye el rumor de que ha sido Andrea ha sido la que ha prendido fuego al hotel, aunque no sabe si ha sido él el que ha generado ese rumor. Poco rato después llega un rumor: la han encontrado, se encuentra en la fábrica de hielo. La turba va hacia allá, con el Hermano Michaels tratando de tranquilizarlos. Cuando llegan a la fábrica de hielo, la tienen rodeada.

— Algo lapasáu, la chiscau fuego al hotel, sus lo dije, hay que matalla. ¡Una soga! ¡Una soga!

El franciscano trata de detener el linchamiento sin mucho éxito, pero es el sheriff, con ayuda de un par de tiros al aire, la que detiene a la gente.

— Quietos, mastuerzos. No vamos a salir en los papeles ni por esto ni por ná. Nus la llevamos al juez del destrito, que él decida

Grita que no el pueblo no volverá a salir en los periódicos por el linchamiento de alguien. El sheriff ordena a sus cuatro ayudantes que se lleven a Andrea Ballard al calabozo. Uno de estos ayudantes se lleva también una lata de lo que parece ser combustible con un trapo.

El hermano Michaels investiga un poco de dónde ha salido el rumor. Según parece, la cocinera, antes de morir, dijo que había visto a Andrea Ballard en la cocina, fuera de sí, en lo que parecía un intento de iniciar un incendio. El franciscano conoce a ese hombre, que asiste a sus reuniones, y no consigue dudar de su palabra, lo que lo deja atribulado.

El Dr. Jameson hace la autopsia de los cadáveres. Dos de los cadáveres murieron asfixiados y dos quemados. La cocinera ftiene un golpe en el parietal, que debió dejarla inconsciente, lo que debió hacer que se asfixiara y se quemara. El doctor entrega sus conclusiones al sheriff.

El Hermano Michaels habla con Abraham Dearth para que le permita entrevistarse con Andrea. Obtiene el permiso, pero la mujer no parece ni escuchar ni hablar. Tras un largo rato, el franciscano no puede hacer más que dejarle un rosario y abandonar la celda, tras felicitar al sheriff por su forma de controlar el tumulto.

En la puerta de los calabozos se vuelve a reunir todo el grupo. Cassandra Nabokob y el Dr. Jameson entran en la celda donde se encuentra Andrea Ballard. El pelo de ella le huele a humo. Ha tirado el rosario contra la pared.

Los investigandores, segun una teoría de Cassandra, buscan descubrir si hay un indio que viva en el pantano, que hable la lengua antigua. La hipótesis es que algo antiguo la haya poseído, y entienda la lengua antigua.

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El fuego purificador
El fuego bueno y el fuego malo

Cassandra coloca algunas piezas juntas en su cabeza. Parece que todo lo que estamos viendo está relacionado con el antiguo Ebon Eaves y las luces. Pero lo que está pasando en el pueblo ahora no está relacionado, lo que quizá signifique que haya dos causas de los sucesos. Además, parece que no tenemos datos suficientes como para saber qué es lo que hay en el pueblo antiguo, sería mejor contar con la versión de los indios. No sabemos si ponerle dinamita sería bueno o contraproducente, porque quizá podría liberarse.

El hermano Michaels cuenta sus intenciones de prepararse para ir a hacer un exorcismo a la iglesia del antiguo Ebon Eaves.

El grupo se va a casa del doctor con el fin de reconstituirse. Tras barajar diversas posibilidades del poco futuro que tiene Andrea, llega el niño que Cassandra pagó para encontrar al indio que vive en el pantano. Por unas monedas (bueno, por 1 de Wealth), el niño se ofrece a llevar al grupo a donde vive, porque el hombre no quiere entrar en el pueblo. Cassandra compra algunas baratijas para ganarse la amistad del indio, si conseguimos bajarlo de los árboles y darle un idioma.

El grupo coge dos lanchas y el niño guía. Se llama Bill. Lleva un capote para la lluvia y un farol. El sitio no es lejano, pero sí recóndito. La cabaña es una construcción desvencijada y claramente artesanal. Sentado en el porche un hombre fuma. Va vestido con ropa desparejada y vieja, pero intenta ir arreglado. Bill dice que se llama Sach.

El indio saluda con corrección y educadamente. Cassandra le explica con habilidad, aunque con cierta censura del hermano Michaels, que vienen a escuchar, que creemos que lo que está ocurriendo tiene que ver con una antigua injusticia. Sach hace pasar a los investigadores a su casa, un lugar humilde.

El sitio es un lugar especial, dice. Se llamaba “los cuatro vientos” porque era donde se encontraban los espíritus de los cuatro puntos cardinales. Una leyenda de su gente dice que uno de los hombres-medicina consiguió atar a un espíritu muy poderoso para que no pudiera salir de ahí, porque atormentaba a las tribus de la zona. Ese espíritu era tan poderoso que no consiguió acabar con él, sino sólo atarlo. Desde entonces, se llevaba a los locos ahí, porque algunos volvían iluminados.

Ese espíritu de destrucción, “La sombra que aulla”, quitaba algo a las personas y lo sustituía por algo suyo, algo asesino. Los niños mataban a sus padres, etc… A los locos se los llevaba porque, siendo tan poderoso el otro espíritu, a veces ahuyentaba a los que poseían a los locos.

Sach cuenta que antes era criado del antiguo sheriff, que terminó asesinado hace quince años por personas o cosas desconocidas. Alguien intentó echarle la culpa al mismo Sach.

Quizá en la reserva cercana, “Big Cipress”, quede algún hombre medicina todavía, aunque Sach cree que si el gran chamán no logró acabar con él, uno de los actuales tampoco podría. Quizá atarlo a un totem poderoso…

El indio les ofrece café. Hay una charla variada: Sach conoció a Simon Blackford. Antes de que el grupo se vaya, Sach hace una advertencia: “Tengan cuidado en el nuevo Ebon Eaves. Seguro que pasan más cosas”.

Termina. Los investigadores salen.

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La música de la locura

Lunes noche. Volvemos por los pantanos. Una vez en Ebon Eaves, vamos a ver qué tal se encuentra Richard Lacy, que ha estado charlando con Bob, y ha vuelto a casa de Stan, que es el que le va a alojar después del incendio del Hotel Magnolia, donde el grupo lo encuentra. Todo el mundo se va a dormir, aunque a la hora de salir de casa de Stan, a todo el mundo le parece oir una musiquilla de flauta que sale de algún lugar indefinido del pantano. Como un tema del Renacimiento, una música inquietante. Rhonda Langford quiere acercarse a oir, así que el resto, por su seguridad, la sigue. Llegan hasta el límite de la luz de Eabon Eaves, pero oyen quizá la flauta incluso menos.

Cassandra Nabokob expresa su hipótesis de que el flautista es el espíritu, y que es una trampa. Dr. Jameson apoya a esa idea, apostillando que será una trampa para niños. Eso nos deja en la obligación moral de acercarnos, incluso aunque sea para falsar nuestras hipótesis. El grupo vuelve a buscar a Stan y Richard. Stan Roberts, al salir con una pistola en una mano y un libro escrito en un idioma incomprensible, tiene la sensación de que la música y el libro están relacionados. Tiene una especie de símbolo en la portada que recuerda a un sextante o algún tipo de armatoste. El grupo se prepara para ir a la trampa.

De camino al embarcadero se cruzan con Stan Bourdeaux, que también oye la música pero, sensatamente, se va a su casa a dormir. Le alquilamos unas barcas por dos dólares que paga Cassandra Nabokob.

Las barcas comienzan a moverse por el pantano, hacia la oscuridad. Ebon Eaves queda atrás, sumergido en las sombras. Muy poco después, el grupo tiene una experiencia extraña: como a unos quince metros, un par de figuras muy altas vestidas de negro (menos con un peto blanco), una máscara con un gran pico de pájaro, y una especie de tricornio, conversan. Al cabo de un momento, uno hace una señal con el brazo y los dos se internan entre el follaje y, justo cuando desaparecen, de ese mismo lugar sale volando un flamenco.

Richard les grita, pero ellos nos se dan la vuelta. El grupo acerca las barcas hasta donde se encontraban, y encuentran unas huellas cuadradas, como de un calzado de moda hace muchísimo tiempo. Las huellas llevan hasta un árbol caído, donde desaparecen. El doctor busca por la zona, y encuentra un medallón de plata que recuerda al motivo en la portada del libro extraño que tiene Stan. Richard golpea el árbol hasta dejarle una marca reconocible. Cuando volvemos a pensar en la música, ya no se oye nada. El grupo se vuelve a sus casas, confusos.

Cassandra pide a Stan que le deje dormir en su casa, que no se siente segura en la suya. Aprovecha así para examinar el medallón y el libro. Tiene la impresión de que tienen el mismo origen. Cassandra hace recitar el libro a Stan mientras lo emborracha, por el bien de La Ciencia. Es un lenguaje desconocido.

El resto se va a su casa, a descansar lo que pueda.

Richard Lacy planea hacer dos cosas: ir al cole a preguntarle a la profesora si los niños escuchaban la música bizarra, y dos, volver al claro donde estaban los peregrinos extraños a ver lo que ve, sobre todo el lugar al que señalaba uno de los peregrinos.

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Nuevas investigaciones en la oscuridad
Siguiendo hilos sueltos

Martes.

Richard baja, antes de desayunar, a comprarse una camisa y una escopeta al almacén de los Bourdeaux. Al final se compra un poco de ropa porque no tiene dinero suficiente para la escopeta, pero Stan se la reserva unos días.

Desayuno en la casa del buen doctor. El grupo planea sus movimientos: ir al lugar donde se encontraban las extrañas figuras de anoche, ir a la reserva…

Richard se acerca antes al colegio. Le entrega unas flores a la profesora para ganársela (se la gana) y recibe el permiso para interrogar a los niños. Sólo un niño, Matthew, escuchó la música ayer por la noche, pero no sintió deseos de acercarse al pantano.

Contactamos con Ezequiel para que nos acompañe al pantano, con su barca y con una de las de Stan Bourdeaux. Un rato más tarde, en el pantano, el grupo sufre un ataque: un caimán muy grande sale de debajo del segundo bote y hace que Richard y Stan caen al agua. El doctor Jameson dispara contra el caimán y lo hace huir, pero en un coletazo final lanza a Ezequiel al agua. El mismo doctor le cose la ceja que el caimán le ha roto.

El grupo llega por fin hasta el lugar donde ayer vio a los “peregrinos”. Las huellas siguen allí, pero ningún dato más. Ezequiel tampoco sabe nada: nos sugiere que pueden haber sido contrabandistas de licores. Richard corta el árbol: está podrido, pero nada más.

Se ha levantado la niebla, pero sobre el grupo. Las copas de los árboles se pierden en las alturas, pero a la altura del suelo se ve todo perfectamente. El grupo recorre la isla, pero no encuentra nada extraño. La doctora Nabokob examina el árbol, pero no encuentra nada. Trata de subir al árbol, pero con tan mala suerte que se cae. El siguiente en intentarlo es Richard. Lo hace muy bien, y poco a poco se introduce en la niebla. Cada vez más… Llega un momento en que ya no se oye nada. Pasan minutos y minutos, y no se habla nada. Por fin, cuando todo el mundo está muy nervioso, Richard vuelve a bajar. Parece un poco transido.

Richard cuenta su experiencia: al principio era un árbol normal, atraviesa la niebla. Pero cuando cuando las nubes dejan de tapar el sol, Richard tiene “una alucinación” y tiene una visión de dos lugares superpuestos. Aparte del mundo normal, otro mundo con góndolas donde gente se mueve sobre las nubes. Una ciudad renacentista.

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La ciudad en las nubes
Venecia Celeste

Richard cuenta lo que ha visto. El hermano Michaels explica que cree que esa ciudad tiene existencia real, y que es posible que pueda verse, con menos peligro, desde lo alto de la torre de la fábrica de hielo. Volvemos a los botes, que parecen atraer a los caimanes. Richard caza una garza para distraerlos, con tan mala suerte que hace caer su sombrero molón, lo pisa y lo llena de barro.

Llegamos a Ebon Eaves. Richard se va con el doctor para que le quite las posibles sanguijuelas que pueda tener, pero en la consulta esperan al doctor dos mujeres para ser atendidas. Una de ellas es la señora Bourdeaux, que dice tener una jaqueca muy seria (“no tenía una desde la víspera del último huracán”). A la otra paciente, la dueña del hotel calcinado, le pasa exactamente lo mismo. Ambas se van con los consejos y las medicinas del doctor. Lavinia Marsh le dice al doctor que el último huracán fue hace cosa de siete años.

El doctor y Richard se dirigen al colmado de los Stan. Allí compran unos prismáticos. Luego, Richard y Stan Roberts van al Lazy Susan para hablar con Regal Dearth para pedirle permiso para entrar en la fábrica de hielo. Tras hablar con Bob, y después de oir un gong, les permiten entrar a hablar con él. En la habitación a la que llegan hay tres personas: un tipo muy pálido, vestido de blanco y con un pañuelo multicolor saliendo de su bolsillo cuyo patrón parece cargar, un tipo inmenso y un poco amorfo, que produce un profundo desagrado, que da la impresión de tener las proporciones de un bebé inmenso, y Regal Dearth.

Regal Dearth presenta a los otro dos: el doctor Glest (el pálido) y el señor Grupius (el bebé gigante). El Dr. Glest se lia un cigarro. Richard tiene la sensación de que, en lugar de tabaco, está liando patas de insectos.

La extraña entrevista comienza. Stan trata de convencerle de que le permita visitar la fábrica de hielo. Regal le da permiso para visitar la fábrica a cambio de que le consiga “un objeto”, que le dirá el jueves, cuando vuelva antes de que abran. Richard le pide algo del tabaco que está fumando, pero, tras una tensa negociación, se lo niega.

Bob les acompaña a la salida. Parece ser que tampoco le gustan las compañías que está recibiendo últimamente.

Mientras tanto, la doctora Nabokob va a hablar con Rosalind. La maestra aprovecha para sacarle información sobre Richard. Por fin consigue llevar la conversación hacia Jacob Marsh. Le dice que era un niño muy especial. Vamos, que tenía un retraso severo, algo de lo que no podía hacerse cargo sin una educación especial. Pero era muy cariñoso. Sólo se había enfadado una vez que un niño había pisado un insecto que él estaba mirando. La doctora le pide algún dibujo de Jacob, y la maestra lo busca y se lo entrega: es una especie de familia, pero sus miembros tienen más brazos de lo normal.

Vuelven con la autorización para subir a la torre. Stan bebe más para prepararse para la subida.

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